A estas alturas, son pocos ya los desaprensivos e irresponsables que dejan latas, vidrio, papel de aluminio u otros materiales de difícil degradación por ahí tirados en sus excursiones. Sin embargo, la mayoría de la gente tira los restos de comida, como las cáscaras de fruta o restos de bocadillos, por ejemplo. Evidentemente, esto no contamina el medio propiamente dicho, pero existen dos factores a tener en cuenta a la hora de realizar estas acciones:
1º El grave impacto visual de encontrarte un basurero en determinadas zonas de descanso, en los caminos, vértices geodésicos y demás cimas, etc, etc. Si, degradable y no contaminante, pero un basurero. ¿Os gusta sentaros rodeados de mondas de plátano y naranjas, cáscaras de pistachos y otras lindezas? A mi, NO. Cuando vamos a la montaña, y por extensión, a cualquier sitio del medio Natural, desde una playa, hasta el monte de al lado de casa, queremos ver las plantas de siempre, las piedras de siempre y los bichos de siempre. Todo lo que traigamos con nosotros, deberíamos llevárnoslo de vuelta.
2º Existe otro impacto en zonas de mucho tránsito, donde la cantidad de desperdicios dejados puede resultar mayor. Estos desperdicios, salvo por ciertos insectos y otros invertebrados, rara vez son comidos por fauna local, atrayendo en cambio a animales típicos de estercoleros: entre las aves es muy común ver a gaviotas, palomas o ciertos córvidos y, si estamos cerca de núcleos urbanos, ratas y otras alimañas. Estas especies, más agresivas, tienen su efecto en la fauna local.
Sin pretender ser un ecologista extremo, creo que no cuesta nada llevarse los restos de nuestras comidas en el mismo sitio que han venido. Una bolsita y para casa, al contenedor.
En el peor de los casos, siempre se pueden enterrar, con lo que la degradación sucedería bajo tierra evitando los dos puntos anteriormente citados.
Desde luego, tal y como pude ver en mi paseo del Dominingo por la Sierra de Mijas, a mi no me gusta nada encontrarme estos restos.


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